miércoles, 23 de febrero de 2011

Sfumatto

Una sonrisa se dibujó en su rostro, impertinente, burlona, casi sádica, observando la imagen de bruxista que le devolvía el espejo. Cual dama florentina, se quitó todo el vello de la cara, incluyendo cejas y pestañas. Engalanó su cuerpo con ropajes oscuros, de brocato y terciopelo. Destrenzó y cepilló el cabello. Maldijo la redondez y el gran tamaño de sus manos. Matizó con ellas el color gris y pálido de su faz, maquillándose con suaves tintes rosados. Las luces y sombras del polvo volátil, resaltaron la brillantez lustrosa, eso sí, de sus ojos almendrados. Y de este modo, se sucedió el mismo ritual, durante cuatro años. Hasta que un día, llamó a Salai y descubriendo el lienzo le dijo:
—Para ti, mi pequeño diablo— La sonrisa que en estos años me has dado. Felicidad, disgusto, una pizca de miedo y algún que otro enojo, para ser sincero—



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